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Mallén, como todos los pueblos, tiene sus
curiosidades, sus peculiaridades, os queremos mostrar algunas.
Nuestro objetivo es mostrar como vivían nuestros antepasados, o por lo menos
hacemos una idea, todo esto lo queremos hacer con el máximo respeto a todo el
mundo.
Todos los que tengáis alguna,
chistes, anécdotas... nos la podéis
mandar y las publicaremos.
MADRE EN LA PUERTA
HAY UN NIÑO
Como ya
creo haber comentado en alguna otra ocasión, las canciones me provocan recuerdos
que normalmente se encuentran dormidos en lo más recóndito de mi subconsciente y
producen el insondable misterio de traerlos al primer plano de mi realidad más
próxima.
Es lo que
me ha pasado recientemente. Navegando por Internet con el propósito de buscarle
villancicos a mi nieta y huyendo de los clásicos y tan manidos “Los peces en el
río” “Campana sobre campana” o “La Marimorena”, saltó de pronto como un resorte,
uno que despertó del letargo en que se encuentran mis recuerdos, todo el bagaje
que tengo almacenado de cuando niños celebrábamos la Navidad en Mallén: “Madre
en la puerta hay un niño”.
Recuerdo
que el día 24 de diciembre cuando comenzaba a oscurecer, mi madre ya tenía
preparadas unas fuentes de guirlaches, almendras garrapiñadas, mazapanes,
peladillas y algunos frutos secos, con el fin de poder “agasajar” a los niños
que, con toda seguridad, vendrían momentos después cantando villancicos.
A todos
estos preparativos yo, como uno de los pequeños de la casa, asistía nervioso y
extasiado por el recuerdo de la Navidad anterior y esperaba impaciente, al calor
de la cocina, que sonara el primer picaportazo anunciando que alguna cuadrilla
de niños nos venía a felicitar la Navidad.
Cuando por
fin el tan esperado y deseado sonido se producía, saltando de las rodillas de mi
padre, bajaba las escaleras como una exhalación y antes de que me diera tiempo a
llegar al patio y poder abrir la puerta de casa, se comenzaba a oír el, a veces
armonioso y otras no tanto, cantar de los niños interpretando el clásico entre
los clásicos villancicos de Mallén:
“Madre en
la puerta hay un niño,
más
hermoso que el sol bello,
no diré
que tenga frío,
pero el
pobre está en cueros”.
“Pues dile
que suba,
se
calentara,
por que en
esta tierra,
aún hay
caridad”.
Las
zambombas que acompañaban al improvisado coro echaban humo, y yo estaba como
transportado a otro lugar, embelesado y a la vez avergonzado, bien agarrado al
pomo de la barandilla; mientras mis hermanas mayores o mi madre, bajaban una de
las bandejas con las golosinas que habían preparado minutos antes y, que uno de
los muchachos, no tardaba en hacer desaparecer en el zurrón que traía al hombro.
Una vez recogido el aguinaldo, daba la impresión que la fuerza cantora de los
muchachos se había debilitado repentinamente; pues, casi sin transición
desaparecían. Aunque eso sí, nos deseaban educadamente Buenas Pascuas y Feliz
Nochebuena y yo, todavía un poco corrido y avergonzado no sé bien porqué, subía
las escaleras de mi casa tan rápidamente como las había bajado.
Sin apenas
transición en el tiempo, como si hubieran estado esperando en la esquina de la
calle del Molino a que los otros muchachos acabasen, se oía de nuevo el sonoro
picaporte y vuelta a correr escaleras abajo y a escuchar las notas de la
zambomba y la letra archiconocida de “Madre en la puerta hay un niño”. En alguna
ocasión, con el objeto de que nos cantasen algún otro villancico; mi hermana
mayor, Carmen, se retrasaba un poco en bajar la bandeja y entonces teníamos la
suerte de poder escuchar el “Dime niño de quién eres”. Recuerdo que alguna vez,
mi hermana mayor Carmen o mi madre, les solía decir: -Es que no sabéis algún
otro villancico?-. Pero ellos, con la cabeza baja y un poco avergonzados, se
encogían de hombros y daban la callada por respuesta.
De esta
forma tan entretenida, pasaba la anochecida de la Nochebuena y tras la pronta
cena, nos dirigíamos toda la familia bien arreglados, a la Misa del Gallo.
Con el
paso de los años y cuando yo ya contaba con cinco o seis, los niños de mi edad y
mayores, solíamos llevar gorriones con cintas de colores sujetas a las patas de
los mismos, y en el momento que Mosén José entonaba el “Gloria in Excelsis Deo”;
todos los muchachos soltábamos los pajarillos que habíamos llevado escondidos en
los bolsillos y se armaba un tremendo guirigay en la iglesia, con el
consiguiente regocijo de los asistentes y las muecas de desagrado del párroco,
que no veía con buenos ojos que olvidásemos el recogimiento y respeto debido a
la casa de Dios.
Al día
siguiente Día de Navidad, después de la Misa Mayor, la faena que los monaguillos
teníamos encomendada era: Ir recogiendo los gorriones que aún quedaban en la
iglesia y soltarlos en la calle. Dicho trabajo no era en absoluto sencillo, pues
como es natural, los pajarillos volaban a las zonas más altas y recogidas de los
techos. Para ello, contábamos con los escobones. Dichos artilugios, no eran ni
más ni menos, que escobas que llevaban un trapo tapando los pelos de la misma y
que, mediante cañas largas atadas unas a otras, se iban estirando hasta llegar
al techo de la iglesia. Su manejo no era sencillo, pues estamos hablando de que
los operarios eran muchachos de entre cinco y diez años y, en alguna ocasión,
hubo problemas con los aparatos de luz que cuelgan del techo de la iglesia. Pero
la impaciencia de Mosén José por que nos deshiciéramos de los pajarillos, que
con sus trinos armonizaban las misas era tal, que no dejaba pasar ni un solo día
a esas criaturas de Dios en su compañía.
La Navidad
tenía otro componente básico para nosotros, como es natural. Al fin y al cabo no
dejábamos de ser eso, niños.
¡La venida
de los Reyes Magos!
Desde un
tiempo antes veníamos, oído avizor, escuchando en la radio a Pinzón.
Pinzón era
un pajarillo entrañable, que servía de espía a los Reyes Magos. No había
travesura que se te hubiera ocurrido cometer durante el año, de la que no
hubiese sido testigo y ahí estaba, en las vísperas de este día tan señalado,
para recordársela a los Reyes y encima por la radio, para que todo el mundo se
enterase.
Al
principio y anunciando el programa, se oía el trinar de un jilguero y a
continuación la “chivata” voz que anunciaba: -Fulanito de Tal, de Mallén. Este
año has sido muy malo y has hecho enfadar mucho a tus papás y los Reyes Magos,
te van a traer un saco lleno de carbón. Esperamos que el año que viene seas
mejor.-
Y a ti se
te hundía el mundo. Alea Iacta Est. Ese año te habían descubierto y para ti se
habían acabado los Reyes.
Así pues,
estoy seguro que todos los niños de mi edad, escuchábamos el programa de Radio
Zaragoza con el corazón en vilo, ante el temor de que Pinzón nos pusiese en la
picota y aquel año en lugar de recibir regalos, lo que nos llegase fuera una
buena ración de carbón y por aquellos años ¡el carbón no era de azúcar!.
Pero no
siempre era así, a algún privilegiado el “dichoso” Pinzón le reía las gracias y
anunciaba que, por haber sido tan bueno con sus papás y hermanitos y haberse
portado tan bien ese año, los Reyes le traerían el ¡ Mago Electrónico!
Nada menos
que el Mago Electrónico, que era el juguete por el que yo suspiraba.
-¡Jó qué
suerte tienen algunos!- Pensaba yo.
Aquel año,
Pinzón todavía no me había citado, ni para bien ni para mal, con lo cual aún
quedaba la esperanza de que olvidándose de mí, tamaño chivato, existía la remota
posibilidad de que los Reyes no estuviesen al tanto de mis últimas andanzas y me
llegase algo.
Por ello,
le pedí a mi madre el cestico y lo llené de trigo y maíz para los camellos de
los Reyes, con el ánimo de contentarles y dejé, junto a él en la repisa de la
ventana de mi cuarto, mis mayores botas en la postrera esperanza de que al ver
mi prodigalidad con sus animales, Ellos se viesen en la obligación de
corresponderme de alguna forma.
Esa noche
fue un continuo duermevela. Me la pasé oyendo ruidos y soñando con montañas de
carbón. Mis amigos se reían de mí, mientras ellos me pasaban por las narices sus
regalos. Yo no entendía nada, ¡Si ellos eran mis compañeros de fechorías!
¡Porqué a ellos les habían colmado de regalos y a mí solo carbón! ¡Esto no era
justo!
En una de
esas vueltas que di en la cama, debí de darla tan indignado que caí al suelo y
me desperté. Ya era de día y por la ventana entreabierta pasaban unos rayos de
sol que iluminaban la habitación. A su resplandor, pude apreciar que Sus
Majestades Los Reyes Magos habían pasado, pues el cestico estaba vacío y a su
lado estaban mis botas casi tapadas por una enorme caja. Con movimientos
nerviosos logré por fin abrirla, y cual no sería mi sorpresa al encontrarme de
narices con:
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ EL MAGO
ELECTRÓNICO !!!!!!!!!!
Mariano
Ibáñez
A fecha 02/11/2002 En Mallén
había:
1859
Hombres y 1558 mujeres que hacen un total de
3417 Habitantes.
DOCE
CASCABELES…….
No sé si a vosotros os ocurre como a
mí, pero yo tengo muchos recuerdos de mi juventud asociados a canciones.
Una de las que trae mejores recuerdos
a mi mente, es aquella que cantaba entre otros Joselito y que llevaba por título
“Doce cascabeles”. Cada vez que la oigo sonar, los recuerdos se me agolpan y
pugnan por salir.
Creo recordar, que fue por allá en el
inicio de los años 50, cuando la oí por primera vez. Recuerdo que era una mañana
fresquita, de aquellas que suele hacer a comienzos del mes de septiembre. El sol
comenzaba a salir y, sin embargo, el barrio de Tudela era un hervidero de
personas que se dirigían hacia el Paradero a esperar a las vacas. Yo iba de la
mano del tío Jorge Cuadal y de mi padre para ver el encierro. Como fácilmente
podréis imaginar, el nerviosismo recorría mi cuerpo, pues iba a presenciar la
entrada de las vacas, no desde un balcón como solía hacerlo con mis hermanas en
casa de mi prima Luisa; sino a pie quieto, como los hombres. Esto a mis cuatro o
cinco años, colmaba las ilusiones que en aquellos momentos pudiera sentir.
Ya la noche anterior había sido un
continuo duerme vela que no me había dejado pegar ojo; pues desde que, después
de cenar, mi padre me prometió que me llevaría a ver el encierro a la
Carpintería de Agustín el “Royo”, ya no pude pensar en otra cosa.
Cuando pasamos por la puerta del Bar
de Paños, éste se encontraba abierto y un buen corro de mozos con las camisolas
de sus peñas ocupaba la acera y otros se hallaban recostados en el poste de la
gasolinera. En ese momento, llegaron a mis oídos por primera vez, las notas de
“Doce cascabeles” interpretada por Joselito. El aparato de radio que Casiano
tenía en el interior, funcionaba a todo volumen. Varios de los mozos de la
puerta, acompañaban la canción con sus voces roncas, producto de la juerga que
seguramente aún no habían finalizado y yo me los miraba con una mezcla de
admiración y de rechazo.
Cuando llegamos a la Carpintería de
Agustín, mi padre me sentó en una pila de troncos enormes que siempre había en
la puerta con el fin de que, desde las alturas, pudiese ver algo.
Justo enfrente mío y al otro lado de
la carretera, un mozo abocinado en las Cuatro Piedras se echaba agua por la cara
con las manos, imagino que con el propósito de espabilarse totalmente. Otros
iban y venían nerviosos barruntando la inminente llegada de las vacas. Mientras
tanto, en la puerta de la carpintería se habían reunido un grupo de hombres que
ensalzaban las virtudes del ganadero que aquél año traía los animales, que no
era otro que Goncha el de Tauste, y que al parecer, llevaban fama tanto por su
bravura como por su corpulencia.
Desde mi posición aventajada, podía
contemplar el gran árbol situado en la entrada del Huerto de Mosén Gregorio,
sitio escogido por algunos para ver el paso y, enfrente, la puerta del Taller de
Chispas, era otro de los lugares concurridos. El Cuartel de la Guardia Civil se
hallaba a rebosar, pues la acerilla de delante estaba repleta de guardias y en
las ventanas las familias se agolpaban para ver algo.
El pretil del Puente de la Caña,
también estaba tomado y la señora que se cuidaba de la Estación del Borjica, una
vez recogidas las cadenas, que extendía para impedir el paso de los vehículos
por la carretera cuando venía el tren, se encontraba en la puerta como si
estuviese de guardia.
En el comienzo del camino de S. Antón
se veían muchos mozos esperando y lanzando miradas nerviosas a lo largo del
mismo.
En un momento dado, vi que uno de
aquellos mozos dio un brinco y ese gesto fue rápidamente interpretado por los
que nos hallábamos en este lado y no teníamos una visión directa del camino. Ya
vienen! El rumor se convirtió instantáneamente en un grito unánime de cantidad
de mujeres que también poblaban el recorrido. De aquí al final del encierro,
todo fue un contínuo coro de gritos más o menos estentóreos con los que unos y
otros recibían la llegada de las vacas.
Tras unos momentos de espera
expectante, por fin aparecieron los potros preciosos de Rafael Asín y Domingo Cozcolluela que abrían paso a una excelente manada de vacas bravas. Cuando
cruzaban el Puente de la Caña, ya pude apreciar que el color dominante era el
negro, quince o veinte hermosos animales venían a un considerable paso siguiendo
a los potros, y tres o cuatro enormes mansos de diferentes pelajes, cerraban la
marcha del grupo. Tras ellos, tres o cuatro pastores, jinetes en hermosos y
grandes caballos, iban armados con grandes varas vigilando que la conducción del
ganado fuese, en todo momento, la correcta.
El gentío que invadía la carretera,
únicamente se abría con el objeto de dejar vía libre a la manada y si no hubiese
sido por la ubicación que mi padre me consiguió, me habría sido materialmente
imposible ver nada del paso. El ruido, que tanto los cascos de los caballos como
las pezuñas de las vacas y los mansos, producían al golpear en los adoquines de
la carretera me impresionó vivamente, y no sé si realmente fue ese impacto o el
nerviosismo que yo sentía, lo que me produjo la sensación de que los troncos en
los que estaba asentado, se movían.
En un instante, dejé de ver las vacas
para sólo apreciar las espaldas de los pastores que cerraban la marcha y que
enfilaron el barrio de Tudela, para entrar como una exalación en el corral de
Marcelino Pardo, que fue aquel año, el lugar acondicionado para que los animales
pasasen los días que habían de hacernos disfrutar con sus quiebros y carreras.
Una vez finalizado el encierro, el
gentío comenzó a disolverse, y la marea de gente se desplazó a través del
Paradero y el barrio de Tudela hacia la plaza. Entonces, mi padre me bajó de la
improvisada atalaya que tan bien había servido a mis propósitos. Me preguntó si
lo había visto todo bien, y yo aún nervioso, no acerté a explicarle con medias
palabras y atropelladamente, que la vaca que venía en cabeza tenía unos enormes
cuernos y que había otra que tenía uno hacia abajo y otro en alto y que en medio
había una tan grande y tan ancha que parecía un toro. Vamos que la vuelta a casa
fue un continuo y personalísimo relato del encierro.
No digo nada de las explicaciones con
todo lujo de detalles que le ofrecí a mi madre cuando llegamos a casa, yo creo
que tuve tema para unos días, tan fuerte había sido la impresión que me causó el
primer encierro en directo y de cerca.
Pero realmente lo que ha quedado en mi
memoria como catalizador de toda esta serie de impresiones, fue aquella melodía
escuchada en la radio de Casiano Paños que se titulaba DOCE CASCABELES… y estaba
interpretada tan magistralmente por Joselito.
Mariano Ibáñez

MALLENEROS EN GENTE JOVEN
Pedro Rueda y Mª Jesús Pardo, componentes del grupo Huecha
ganaron en 1982 el concurso de TVE, Gente Joven.
En 1988 grabaron su primer LP, Ciudad, con música de Pedro
Rueda, y letra de Pepe Alfaro
Navegando
por la red he dado con una web (www.rutasnavarra.com) donde aparece una posible
explicación a la etimología del río Huecha. La transcribo tal cual:
"Para Frago Gracia se trata de un hidrónimo prerromano, seguramente de estirpe
indoeuropea. Destaca este autor el empleo del género femenino al igual que otros
grandes cursos de agua navarroaragoneses (La Arba, La Arga, La Huerva) induciría
a pensar que se trata de la viva reminiscencia de una milenaria tradición
lingüística que los siglos de cultura musulmana no lograron interrumpir y que
coincidiría con lo documentado en zonas del occidente peninsular y otros
hidrónimos europeos de clara ascendencia indoeuropea."
Documentación histórica: "Huexa, La (1199, Frago). Huaja, Illa (1299, Frago).
Guecha, La (1407, Frago). Huecha, Río de la (1853, NTYC).
Como curiosidad te comentaré que Frago Gracia, Juan Antonio, es actualmente
catedrático en la Universidad de Zaragoza, Facultad de Filología, y fué profesor
mío en primero de carrera. Por cierto, es nacido en Magallón.
Seguiremos investigando..
F.B.N
OPERA PRIMA
Corría el invierno de los años 52-53 y en la Iglesia de
Mallén no había quien aguantara del frío que hacía. La humedad que se filtraba
en la Capilla del Sto. Cristo, unida al hecho de que la nave derecha está
construida por debajo del nivel de la calle, así como que el huerto que había
tras la sacristía pequeña, estaba a rebosar de hierbas y matojos (según se
decía, en tiempos pasados ,
había ejercido de camposanto); configuraban un entorno nada saneado, que traía
como resultado, que los inviernos en el interior de la Iglesia se hicieran
insoportables.
Mosén José no hacía
más que darle vueltas a su imaginación, para ver de resolver esta situación,
pero no encontraba la forma adecuada de acometer la financiación del proyecto,
que sin ninguna duda, excedía muy mucho las posibilidades económicas de la
parroquia.
Pero Mosén José no
era persona que se amilanara ante las dificultades; antes al contrario, todo lo
que constituía una dificultad, él lo transformaba en un reto personal y lo
afrontaba con todas sus energías, que no eran pocas.
Con el propósito de
conseguir instalar la calefacción en la Iglesia, ideó un plan de actuación que
pasaba por movilizar, desde el primero al último de los individuos que tuviesen
alguna relación con él.
Su primer paso, fue
plantear un domingo en Misa Mayor a todos sus feligreses la idea y recabar la
colaboración económica de cada uno de ellos, pues para esos temas no le faltaban
argumentos.
El Ayuntamiento
tampoco se libró de sus peticiones; pero no paró ahí, sino que, ni corto ni
perezoso, se encaminó al Arzobispado de Zaragoza (Mallén , en aquellos momentos,
formaba parte de la Archidiócesis de Zaragoza, pues su paso a la Diócesis de
Tarazona fue posterior), con el fin de conseguir el dinero necesario para la
instalación. Los tiempos y la situación económica, en general, no eran los más
propicios para encontrar mecenas y viendo que las distintas aportaciones no
cubrían, por mucho, el presupuesto de las obras, resolvió dar un paso más.
Entró en contacto
con personas que, nacidas en Mallén, habían desarrollado sus carreras o habían
fijado sus residencias fuera de nuestro pueblo, pero seguían unidas a él bien
por lazos económicos bien por lazos sentimentales, y recurrió a los Pérez de
Petinto, los Navas, los Frontín, los Guallart, los Pascual de Quinto y así a los
que, de alguna manera y según su forma de ver, podían ayudarle a afrontar esa
situación.
Después de todo
ello y convencido de que todavía las aportaciones conseguidas, no acababan de
cubrir el enorme coste que suponía la calefacción para un edificio tan enorme,
se le ocurrió movilizar a los monaguillos.
Y poniendo manos a
la obra, reunió a todos los monaguillos un domingo tras la celebración de la
Misa Mayor y les dijo que había pensado que, con la ayuda de Mosén Julio, iban a
realizar una “función de teatro” y los fondos que se recaudasen irían destinados
para acabar de pagar la calefacción de la Iglesia. A los monaguillos, muchachos
de entre seis y ocho años, la idea les pareció maravillosa, pues nunca se habían
visto en una situación parecida, y acostumbrados como estaban a cantar la misa
cada día, la cosa no les parecía excesivamente difícil.
La “función de
teatro” consistía, en una especie de sainete religioso completamente cantado y
en un solo acto. Cada uno de los diez componentes, vestido con la sotana roja y
roquete blanco que utilizaban para ayudar a misa, con los complementos de unas
chorreras en el pecho y el bonete para la ocasión, debían, además, llevar algo
en las manos para evitar de esta manera, que los más lanzados se pusiesen a
manotear en el aire, pues las cuestiones religiosas aunque en esta ocasión
fuesen para un tema profano, a Mosén José le parecían de lo más serio y no
aceptaba ningún tipo de licencias.
Así pues, Chema
llevaba el apagavelas grande, Manolico el apagavelas pequeño, a Alejandro le
dieron unas vinajeras y a Luis Antonio otras, Mariano un candelero con su vela y
Francisco otro y tanto Añavieja como José Miguel, llevaban campanillas.
Martín, que era su
preferido, junto con Sorolla, estarían encabezando los dos extremos de la U que
formarían en el escenario y no portarían nada en sus manos, sino que las
llevarían juntas delante del pecho en señal de oración; además, saldrían los
primeros con el objeto de realizar la presentación del acto.
En principio y tras
unos días de ensayo, la única dificultad estribaba en aprenderse la letra, ya
que el resto consistía en salir ordenadamente al escenario y cantar la letra
correspondiente, de principio a fin. Para la mayoría, no supuso ningún problema
y el día previsto, a la hora señalada de aquel año 1953, dio comienzo en el
Cinema Pardo,( porque el Cine Pax no estaba ni en proyecto) el sainete que
debían cantar, más que representar.
Salieron Martín y Sorolla al izarse
el telón y comenzaron con la presentación:
Con permiso de Uds. van a pasar
Unos cuantos monagos para cantar:
Aquí vienen orondos los del cirial
Por sus cuatro costados chorreando sal
Ya está aquí rompeesquilas y vinajeras
Y también han llegado los apagavelas.
Podéis pasar, podéis pasar
Con su permiso, logrado está.
Muy buenas noches a gran reunión
Muy buenas noches, chitón, chitón.
Por parejas y
ordenadamente fueron apareciendo en el escenario. Se oyó la voz de caña rajada
(como decía Mosén Julio) de Mariano, las tímidas voces de Luis Antonio, Manolico
y Francisco, la desentonada de Chema y menos mal que ahí estaban las voces
claras y potentes de Alejandro, José Miguel, Sorolla, Añavieja y, sobre todas
ellas, la extraordinaria e inconfundible de Martín, para poner el corazón en un
puño a sus familiares y la complacencia en el rostro del resto de los
espectadores.
Somos de la parroquia los monaguillos, los
monaguillos
Un cabildo en pequeño, de diez chiquillos
Se toman por asalto alguna misa, algún rosario
Conquistando a tortazos el incensario.
Cantamos de profundis y miserere
Vísperas, gozos, salmos y recordere
Nos comemos las ostias por los pasillos
Sacudimos las perras de los cepillos.
No se oyen las campanas, ni el organista,
Ni el campanillo
Si antes no le dan cuerda,
Al monaguillo.
Si hay un bautizo o boda
Pobre padrino, pobre madrina
Se encuentra algún monago
En cada esquina.
Cuando se acaba la misa
La haya servido quien quiera
Es ya costumbre ir deprisa
A escurrir las vinajeras.
Si estando en esto entra alguno
Que sospechó la jugada
Bailamos una habanera
A impulso de una patada.
Por lo tanto hay que tener, tener, tener
Mucho pesquis y de aquí, aquí, aquí
Para escurrir vinajeras
Y el bulto escurrir de allí.
Porque si algún sacristán
Nos coge en tal situación
Por lo menos mes y medio
Usaremos polisón.
Vamos muchachos a descansar
Que al toque de alba
Listo hay que estar
Hay misas gordas y de verdad
Y para esto hay que madrugar.
El son de las campanas saca de quicio
A estos monaguillos de poco juicio
En cuanto las oímos sin vacilar
Empezamos nosotros a desfilar.
La ra ra la la, la ra ra la la, ...........
Y con esto se despide
De esta buena sociedad
Este coro de monagos
Honra y prez de la ciudad.
Vamos, vamos, compañeros
Vamos todos a dormir
Que mañana hay misas gordas
Y tenemos que acudir.
Buenas noches caballeros
Buenas noches y a cenar
Que mañana hay misas gordas
Y queremos madrugar.
El sainete era bastante corto y, durante el mismo, los
familiares de los “actores” fueron lanzando cajas de bombones con el nombre
correspondiente escrito al dorso; mientras, alguno de los pícaros actuantes,
lanzaba miradas de reojo cada vez que una caja caía al escenario.
El nerviosismo
inicial había pasado a mejor vida y los monaguillos se sentían cada vez más
seguros de sí mismos, lo cual se traslucía en sus cánticos que por momentos se
asemejaban más a un coro.
De esta forma, se
llegó al fin de la representación que fue premiada con una gran salva de
aplausos, que se hizo interminable. Los “actores” sonreían satisfechos de su
obra y el telón parecía no poder descender.
Al fin, descendió y
como si hubieran estado esperando esta señal, volaron los objetos de las manos
de los oficiantes en todas las direcciones y, todos a una, se lanzaron al suelo
a descubrir cuál de las cajas de bombones desparramadas por el escenario, tenía
sus nombres.
El alboroto que se
armó fue monumental, las faldas de las sotanas revoloteaban por encima de las
cabezas desbonetadas de los monagos, la mayoría de las chorreras estaban por el
suelo y cuando la fragorosa pelea estaba en su momento más álgido.......
El telón, como
impulsado por una fuerza descomunal, se elevó al cielo dejando a todos los
“actores”, con una sensación de desnudez y desprotección frente a los atónitos
ojos de los presentes; que, tras la sorpresa inicial, prorrumpieron en una
carcajada que fue la mejor recompensa que, en aquellos momentos, pudieron
recibir los cortados monaguillos, pues les hizo sentir toda la complicidad y
todo el cariño que les profesaban sus conciudadanos.
Mientras tanto,
Mosén José, con el rostro adusto al contemplar el guirigay organizado por sus
discípulos, pero con el corazón gozoso por su interpretación, realizó un
silencioso mutis por el foro.
Mariano Ibáñez
Nota del Autor:
Esta historieta está basada en hechos verídicos. Todos los personajes son reales
y alguno de ellos todavía vive en Mallén. Va dedicada a todos ellos con cariño y
en especial a Martín, que dejó una huella imborrable en todos los que tuvimos la
suerte de convivir con él.
UNA DE MONAGUILLOS
Caía
un sol de justicia, que unido al bochorno típico de los días de julio,
configuraban una jornada bastante normal en Mallén; si no fuera, porque a las
tres de la tarde de un domingo del año 1954, cuando lo habitual era que todo el
pueblo estuviese durmiendo la siesta y no se viera ni a los perros deambular por
las silenciosas calles y los críos estuvieran, nadando en el Azud, fabricando
barcos con los juncos de la orilla de la Huecha, jugando a pitos o a corchos en
la Plaza, o robando melocotones aún verdes en algún huerto; un movimiento
inusual de personas recorriendo las calles y casas sin saber exactamente a dónde
ir, agitaba de forma sorprendente la población.
A las dos y
media, todos los malleneros habían sido bruscamente interrumpidos en su habitual
descanso, por el desaforado sonar de las campanas de la iglesia que anunciaban
que alguien se había perdido.
El primer
impulso de todos fue salir a la calle y preguntar qué pasaba, quién había podido
perderse a aquellas horas y por respuesta se encontraban con la cara de sorpresa
de sus convecinos; que, tan atónitos como ellos mismos, no daban crédito a algo
tan extraordinario.
Por fin, un
rumor fue extendiéndose rápidamente por la población. Al parecer, un monaguillo
no se había presentado en su casa a comer y se desconocía su paradero, era
necesaria la colaboración de todo el mundo para encontrarle. Y el pueblo, tan
sensible a las desgracias ajenas, acudió como una sola persona. Entre los más
pequeños, sabedores de las costumbres de los de su edad, unos se dirigieron
rápidamente al Azud, otros fueron a la Caña por ver si estaba bañándose con sus
amigos, las personas mayores fueron congregándose en la Plaza para ver si
alguien traía noticias, las mujeres hacían disquisiciones sobre los posibles
paraderos del muchacho y el disgusto que tendría su madre. Antonio Laporta, el
alcalde, se dirigió a la iglesia que es donde pensó que hallaría a Mosén José,
como efectivamente así fue; y, unos más rápido y otros más despacio, todo el
pueblo se puso en movimiento.
Al cabo de
un rato, ya se supo por todos, que el monaguillo en cuestión era Manolico, un
gracioso chaval de siete años, que vivía en la C/ Trascastillo, más bueno que el
pan y, que al contrario que la mayoría de sus compañeros, era formal y nada
travieso. Se fueron conociendo los detalles: Sus padres, cuando vieron la
tardanza del muchacho en acudir a comer, comenzaron a preocuparse y a eso de las
dos de la tarde, ya seriamente alarmados, fueron por las casas de los
monaguillos que junto a él habían estado ayudando a los sacerdotes en la Misa
Mayor. Como en las casas de Alejandro, Mariano y Luis Antonio, no pudieron
aclararles la situación, se habían dirigido a casa de Mosén José, que
sorprendido, mandó llamar a Mosén Julio, para ver si él podía dar alguna razón
de la desaparición de Manolico; pero todo fue inútil, Manolico no aparecía. Se
avisó a Cándido, el campanero, como era costumbre en estos casos, para que
mediante el toque de campanas correspondiente, notificase a todo el pueblo la
pérdida del niño y fue así como la noticia se había propagado.
Las horas
iban pasando y no se sabía nada, los niños volvieron del Azud y de la Caña sin
nada, los que salieron a las eras volvían también sin nada, otros que fueron al
Puy, tampoco aportaron nada nuevo. Los mayores, empezaron a desplazarse por la
C/ Santa María a la iglesia, sabedores de que tanto el alcalde como los
sacerdotes estaban allí, y se fueron reuniendo, bajo un sol abrasador, en la
Plaza de la Iglesia.
Mosén José,
viendo el pueblo congregado, con su voz de trueno velada por la emoción,
aprovechó el momento para informar a todos de la realidad de la situación y de
que, por desgracia, no había noticias del paradero del chico, encareciendo al
auditorio de que si a alguien se le ocurría algún sitio en el que pudiera estar
el muchacho, lo dijese.
Pero lo
cierto es, que el tiempo pasaba y las esperanzas de encontrarlo eran cada vez
menores.
Los
monaguillos sin saber por dónde buscar, se dedicaron, unos a subir a la torre
por si acaso estuviese allí, otros recorrían los altares con todos sus
recovecos, otros subieron al órgano y sus dependencias, no sin algo de
prevención, pues una imagen que había tras una puerta del cuarto de la mancha,
los tenía algo atemorizados, otros a las bóvedas de la iglesia y otros buscaron
en las sacristías. Después fueron a casa del campanero, que era una gran casona
adosada a la iglesia, pues era uno de los sitios habituales de los monaguillos
pero todo parecía inútil.
En un
momento determinado y sin ninguna razón aparente, Alejandro y Mariano, que eran
inseparables, se dirigieron de nuevo a la sacristía y comenzaron a revolverlo
todo. Los armarios donde se guardaban las sotanas, los que contenían las
casullas, el armario de las capas pluviales, todo fue revuelto. Adosado a la
pared había un banco, cuyo asiento se levantaba y conformaba la tapa de una
especie de baúl donde se recogían los roquetes de los monaguillos, se acercó
Alejandro, levantó la tapa, y.....
¡ Oh ,
sorpresa ¡
Manolico,
se hallaba plácidamente dormido encima de los roquetes, y ajeno totalmente al
revuelo que se había organizado.
La alegría
de los tres, en aquel momento fue indescriptible. Comenzaron a dar saltos de
alegría y, sin parar de saltar, se dirigieron a la puerta de la Iglesia donde
todo el mundo los recibió alborozado.
Como más
tarde se aclaró, al finalizar la Misa Mayor, Manolico había entrado al lavabo
sin que nadie se apercibiese de ello y todos se marcharon sin echarle en falta,
cerrando la sacristía y posteriormente la iglesia.
Cuando el
pobre monago salió y vio la puerta cerrada, presa del pánico, comenzó a dar
voces sin que nadie le oyese, pues la ventana de la sacristía daba al recreo de
las Escuelas Nacionales y ese día, al ser domingo, se encontraban cerradas.
Cansado de gritar y, a causa del mismo disgusto, se quedó dormido encima de los
roquetes hasta que la casualidad hizo que diesen con él.
Mariano
Ibáñez
Nota del
Autor: Esta historia está basada en hechos verídicos y los personajes que
intervienen en la misma son reales. Alguna de estas personas, aún vive en
Mallén. A ellos se la dedico, con mucho cariño, y en especial a Manolico,
protagonista involuntario de los hechos.
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